Relato propio: lavando el linaje

 

Cuando lavo ropa me siento buena madre, el agua se lleva algo de la dureza de mis manos, de la soledad de mi páncreas y la tristeza infantil que vive en mi estómago a ratos aún y con la que en ocasiones, he vestido a mis propios hijos.

Cuando lavo ropa siento que lavo antiguas penas propias, de mi madre, de mis abuelas y de un cuantoay, se va la sensación de mugre interna, por no ser vista o escuchada, por no ser sentida y siempre sentir a los demás y el agua me ayuda con su frío y cristalino cuerpo limpiando, revolviendo, golpeando y centrifugando una y otra vez, regalándome un nuevo sentir a través de mis manos que una a una clasifican la ropa, la ordenan por colores y hacen dos pilas de lavado, la blanca y la de color, las que por supuesto no pueden mesclarse pero tampoco dejar de acompañarse.

Saco la ropa de la lavadadora la pongo en las cuerdas con paciencia y consciencia a veces molesta, a ratos amorosamente, y en otras abiertamente de mala gana porque preferiría estar haciendo cualquier otra cosa, leyendo un libro, escribiendo, estudiando o poniendo las manos en mi jardín.

A veces siento la necesidad profunda de lavar la ropa cuando estoy triste, aunque también lavo ropa cuando estoy feliz, lavo ropa cuando me siento al debe con mi familia y culpable de no ser lo suficentemente amorosa o atenta con alguno de ellos y también lavo ropa cuando cuando quiero deshacerme de alguna pena propia ya sea por que me censuré, me callé o no hice lo que consideré correcto.

Lavo ropa también cuando estoy cansada, pero la mayoría de las veces procuro hacerlo cuando estoy en calma o con tiempo, aunque no siempre me resulta.

Lavo ropa y luego la seco, separo primero las prendas grandes los pantalones de piernas largas, los polerones anchos, esos que les cuelgan las mangas y que a veces tienen más mangas que cuerpo. Las dejo secar al calor del sol y la frescura del aire, lo masculino que me regala su fuerza vigorizante, no hay nada que reconforte más y transforme el peso del agua, el peso de nuestras emociones.

Luego voy por lo mediano, poleras, camisetas, mías y de los niños, luego sigo por las prendas de mi marido. El que siempre saca más ropa para lavar es de mi hijo mayor, debe ser porque él es el que se llevó mi versión más dolorosa, así es que hay más que lavar, hay más suciedad que sacar, de los más pequeños lavo menos ropa, quizás ellos recibieron una parte más amorosa o menos doliente, aunque sólo un poco.

Recojo la ropa seca y siento la fascinación del aroma impregnado, del detergente y el suavizante, ese aroma artificial que a ratos me da paz y calma al caos de mi mente.

La doblo, la llevo a mi cuarto, la pongo sobre mi cama, y acá comienza un segundo capítulo, el de doblar, después de lavar la ropa, secar la ropa, doblo la ropa.

Voy doblando desde lo más grande, como las toallas y las sábanas a lo más pequeño, los calcetines siempre quedan para el final. De alguna manera voy ordenando, ordenando mis emociones, ordenando gotas frías que quedaron atascadas en el pecho, ordenando penas que ya ni recuerdo como llegaron, pero aún ocupan un lugar en mí, ordeno lo que me inquieta, y siento que comienza a habitar en mi cuerpo una calma templada.

Ya está seca, ya huele bien, ya está suave, ahora sigo doblando, doblo la ropa de mi marido, doblo ropa de mis hijos, pero también doblo la mía, doblo ropa de la novia de mi hijo que a veces se queda con nosotros, ropo dobla, doblo ropa, y me río.

Luego de tener todo doblado y en orden, organizado por tamaño, y por tipo de vestimenta, hago una última clasificación y separo columnas por cada integrante de la familia, a cada uno le doblo su ropa dejando primero las prendas grandes abajo para que sostengan y afirmen bien lo que viene, pantalones, sweteres gruesos y chalecos pesados abajo, luego las poleras de mangas largas y encima las mangas cortas.

Entre medio de esta ceremonia, separo todo lo que es para planchar y procuro que sea lo menos posible, el planchado también me provoca satisfacción, especialmente cuando son camisas y blusas blancas y esa luminosidad que les asoma me provoca una alegre envidia.

Dejo rumas, cinco rumas que parecen cinco piras, un pentragama, los cinco elementos, con ellas, transformo, transformo la inquietud en calma, transmuto lo contaminado en nítida luz que llega a través de mis sentidos, rectifico y resignifico.
Puedo respirar mejor, después de cada lavado, el aire entra más claro y ligero, sosteniendo mi agua, y me siento un poco más feliz.

¿Pero quién es esta santa que parece un collage de muchas otras figuras religiosas y paganas?

Cuenta la tradición (y en lo personal es una certeza de pocas) que en este lugar llegó María Magdalena junto a Marta, Lázaro y otras personas cercana a Jesús, entre ellas María Salomé y María Jacobé para llevar las enseñanzas del maestro luego de su muerte y resurrección hacia Europa. Hay quienes cuentan que María Magdalena vendría embarazada esperando a su hija Sara, la que sería descendiente del linaje real de Jesús junto con ella, su pareja sagrada o “koinonos” pero también hay otros relatos nos cuentan que era una de sus sirvientas, una mujer egipcia de raza negra que las acompañaba. Sin embargo independiente a cuál sea su verdadero origen, el simbolismo de su figura enlaza con un sin número de sincretismos asociados a la figura de diosas anteriores al cristianismo, vinculadas a lo pagano y asociadas a la fertilidad, la sabiduría, pero también a la Diosa Kali destructora de mundos con el fin de renacer.
En lo personal, la figura de la Madre protectora de todas y todos, incluso de los marginados, de los laicos, de los pobres y todos los que nos hemos sentidos desamparados en algún momento o lugar cobra una fuerza apabullante, la sensación de calor, fuerza y esa mano que te vuelve a la vida es una realidad diaria en constante manifestación para mi.
Acá les dejo algunas fotografías que tomé ya hace más de cinco años en ese lugar mágico, lleno de vida y música donde sinceramente no podía imaginar hacía dónde este caminar me llevaría.

Feliz día de santa Sara Kali, la negra.